Internet, espanto, rechazo
Una mosca se ha posado en mitad de la pantalla del ordenador.
La espanto con la mano y obstinada vuelve al mismo lugar. Una y otra vez.
Pienso que las moscas no sienten el dolor del rechazo y me dan ganas de explicarle que los humanos no funcionamos así. Que rechazar nos produce culpa y vergüenza mientras que ser rechazados supone en ocasiones una herida de la que es difícil reponerse.
Dicen que las parejas perpetuas están a salvo del dolor a exponerse y ser rechazado. Los emparejados son moscas que se posan siempre en los mismos lugares seguros e inanimados.
Sin embargo mi ex-pareja me rechazó cíclicamente durante los tres años que duró nuestra relación. Una y otra vez. Cuando pasaba el rechazo me sentía elegida y brotaba en mí una inesperada sensación de halago y gratitud.
Quizá así se sienta la mosca entre manotazo y manotazo. Quizá por eso su obstinación.
En busca de la luz interminable del Norte viajaré hasta el lago Jukajärvien. Continúo mi tecleo incesante, visito páginas turísticas, aprendo a decir buenos días en finés, miro las distancias en google maps.

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