Carretera, recuerdos y coche.
El pueblo era nuestro y disponíamos de él a lomos de la bici o a pie, corriendo o dando patadas a un balón sin importar el género. Nos zambullíamos en el río con la osadía de saltar desde las rocas más altas, cazábamos cangrejos y robábamos fruta en el huerto del cura. Qué recuerdos. Organizábamos festivales en la esquina de la calle del Cantón y cantábamos en playback con un magnetófono que la tía Gina había comprado para aprender inglés en un curso por fascículos. Los vecinos sacaban las sillas plegables a la fresca y nos hacían de público. De público entregado. Año tras año, la prima Moni empuñaba su paraguas rojo con ribete blanco e imitaba a Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia.
Podíamos campar a nuestras anchas de la mañana a la noche. Solo había un límite repetido una y cien veces por mi abuela:
Podéis ir adonde queráis pero no crucéis la carretera. ¡No crucéis la carretera!
Supongo que esa fue nuestra primera frontera y quizá al tratarse de la primera ejercía en nosotros una verdadera fascinación.
No vimos llegar el coche. La tarde anterior habían dado por la tele una película en la que unos niños ponían el oído sobre las vías del tren y nosotros tres, Moni, Julio y yo pusimos nuestras tres orejas sobre la ralla blanca que marcaba la mitad de la calzada.
No oímos nada hasta el frenazo en seco, letal, que trataba de evitarnos. El coche derrapó hacia la izquierda y chocó contra el pretil. Huimos para evitar el castigo. Dijeron que murió en el acto. Nos escondimos toda la tarde en los huertos del Palandar. Dijeron que iba demasiado deprisa y se salió de la carretera. Nadie lo supo. Dijeron que lo mismo había bebido.
Al llegar a casa la abuela lo sentenció: Ha habido un accidente. Veis porque os digo que no os acerquéis a la carretera.
Para escuchar el programa pincha aquí: http://bit.ly/lalineadelcielo176
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