Helsinki, cielo y nostalgia.


En estos momentos zarpa el barco que me llevará de Helsinki a Travemunde, Alemania.
Tardaré unas treinta horas en llegar aunque la nostalgia que me invade seguramente se demore algo más en abandonarme. Septiembre es traidor, viene siempre acompañado del traumático regreso a la vida real después del ligero verano.
Comparto camarote con una jubilada alemana que adora Finlandia y habla muy bien inglés. Huyendo de su perorata he recalado en el bar. 
Fuera llueve y el cielo tiene el color gris de las despedidas. En el interior del barco todo tiene un aire pasado de moda: la moqueta, las sillas forradas, los ventanales de esquinas redondas.
Nos miramos el ombligo en nuestro microcosmos mientras ferrys enormes surcan el Mar Báltico día tras día. No importa lo más mínimo el hecho de que tú y yo no vayamos a vernos nunca más. 
Nuestra norma ha sido la ausencia de normas. Terminado el verano, me doy cuenta de que ambos vencimos: tú querías divertirte y yo me he salido con la mía.
Un camarero se acerca y me pregunta qué deseo tomar.

–Un cerveza cero cero –digo mientras reposo la mano en el vientre.

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